
Mi rincón
Se decía de un lugar, un lugar muy muy grande, donde todo estaba hecho para mí. Dicen las voces que era tan dulce y tan exótico que jamás se me desdibujará cuando lo vea.
Era un lugar fresco y verde, hecho de albahaca, y donde podía ver la leche fluyendo por el río, deshaciendo las rocas de chocolate. Las uvas pintadas de azúcar emanaban de las cepas y, al caer, iban rodando a encontrarse con sus amigas las nueces, ya moscadas. De vez en cuando me tropezaba con zarzas llenas de frambuesas almibaradas, y manchaba mis ropas con charcos de crema. Las peras caían envinadas de los árboles, y las fresas nacían hechas confitura. Abrí manzanas y albaricoques; todos habían cambiado su hueso por untuosa mermelada.
Campos de canela y limón se perdían más allá, y al final, se alzaban nubes de nata coronadas de melocotón. Para mí, el paraíso. Cansado de devorar con los ojos, me tumbé en el pico de una montañita hecha de suflé de higos y arándanos. Al estirarme, una brisa bien cargada de cilantro y orégano sació mi apetito.
Cuando el sol se empezó a deshacer en chorros de miel, se alzó una galleta de anís inmaculada, y detrás de ésta, cientos de castañas glaseadas adornaron la noche. Me adormecí sobre aquella cama de aromas, y una fina sábana de yema tostada me cubrió. Dormí para siempre en mi rincón.
Un alumne del CFS Restauració 1 que estima la cuina
Nadal, 2009