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Base documental
d'Història Contemporània de Catalunya.
Sexenni Revolucionari (1868-1874) - (Regnat d' Amadeo de
Saboia (1868-1873)
Situació
de les colònies de Cuba i Puerto Rico.
Font:
RAMON Y CAJAL, Santiago, Mi
infancia i Juventud. Madrid. Espasa- Calpe S.A. 1942.
218-220; 226-227 pp.
Comentari:
Santiago Ramon y Cajal
(1852-1934) , com a metge,va fer una descripció
desastrosa de la situació de les tropes i oficials que
lluitaven a Cuba contra els insurgents.
L´alcoholisme, pagues endarrerides, la falta d´higiene,
les malalties i la corrupció va afectar a tots els graus
de l´exèrcit i que el feien força inoperant en la seva
lluita.
Text:
(....)Mes y medio permanecí en
la ciudad. Fué la época más agradable de mi estancia
en Cuba. Todas las tardes concurrían al Café del
Caballo Blanco, entre otros camaradas, Joaquin Vela y
Martín Visié, excelente amigo y condiscípulo. No
obstante mis andanzas por cafés, casinos y tertulias
caseras, tuve la entereza de resistir los cuatro grandes
vicios de nuestra oficialidad : el tabaco, la ginebra, el
juego y la Venus. Verdad que no estaba yo para trotes.
El alcohoIismo, sobre todo, hacía estragos en el
ejército. Del coñac y de la ginebra, mejor aún que del
vómito, podía decirse que eran los mejores aliados del
mambís. Fumando de lo más caro, y bebiendo ginebra y
ron a todo pasto, no era extraño que muchos jefes y
oficiales decayeran física y moralmente. Además,
retenidas las pagas, pasaban apuros económicos.
También yo luché con dificultades de este género,
aunque por causas independientes de mi voluntad. Durante
mis cuatro meses de permanencia en la isla no había
recibido sino la primera paga de capitán (125 pesos
oro). En vano remitía mensualmente a La Habana los
justificantes de mis haberes. La penuria económica de
los médicos de enfermerías no obedecía sólo a
clásico desbarajuste de la administración española;
debióse también al desfalco de un tal Villaluenga,
farmacéutico del Hospital Militar de La Habana y
habilitado general del Cuerpo de Sanidad, el cual se
fugó a los Estados Unidos en compañía de 90.000 pesos
y de una pelandusca.
Tocante al cobro de las pagas reinaba desigualdad
irritante. Los médicos militares de servicio en las
capitales percibían puntualmente sus haberes. para los
médicos del batallón solían retrasarse algo, si bien
disponían del recurso de percibir anticipos de la caja
del regimiento o de empeñar pagas devengadas en casas de
comercio : pero los pobretes que prestábamos servicios
en trochas o enfermerías de campaña dependíamos en lo
económico de la Habilitación general de La Habana, y,
sin relaciones de amistad con el comercio de las
ciudades, quedábamos frecuentemente desamparados.
(....)
El fallecimiento del médico-director de la enfermería
de San Isidro en la trocha del Este, puso fin a mi
situación provisional de profesor de guardia en Puerto
Príncipe. Sin considerar que había en disponibilidad
otros ayudantes médicos más modernos que yo, ni fi
jarse en que mi salud distaba mucho de estar consolidada,
el doctor Grau designóme para reemplazar al compañero
fallecido, quien, por cierto, había sustituído a su vez
a otro médico caído también en el cumplimiento del
deber.
Acepté dóciImente el nuevo cargo, aunque, a la verdad,
hízome poco gracia entrar en fila macabra con mis
desdichados antecesores.
La enfermería de San Isidro era uno de los varios
hospitales de campaña anejos a la trocha militar del
Este, la cual comenzaba en Bagá , pequeña población de
la amplia bahía de Nuevitas. Emplazada en terreno bajo y
pantanoso, ofrecía, si cabe, mayor insalubridad que
Vista Hermosa, a la que llevaba solamente la ventaja de
superior facilidad en comunicaciones y abastecimientos.
Porque entre San Isidro y San Miguel de Nuevitas, la
principal ciudad de la trocha, no lejos de Bagá ,
circulaba diariamente cierto tren militar o plataforma,
como nosotros lo llamábamos. Para proteger el hospital
de campaña, vasto cobertizo capaz para 300 enfermos,
alzábase recio fortín cuadrado, destinado a la
guarnición. Algunos pobres bohíos, habitados por
lavanderas y obreros negros, completaban el exiguo
poblado, que dependía en absoluto de San Miguel para los
suministros de víveres y demás operaciones comerciales.
Adversa se mostró mi suerte al regentar el nuevo
destino. De las deficiencias higiénicas de San Isidro
certificaban, de una parte, la guarnición, casi siempre
enferma en sus dos tercios, y de otra, el hecho singular
de haber sido escogido dicho paraje -vasta sabana cruzada
por ciénagas- como lugar de corrección de oficiales
borrachos y calaveras. Uno o dos meses de destierro en
San Isidro considerábase recurso heroico capaz de domar
las más inveteradas rebeldías. Se decía, y no a humo
de pajas, que, acabada la suave condena, los oficiales
levantiscos gozaban la más dulce de las tranquilidades :
los unos, por haber muerto; los otros, por yacer
impotentes en el lecho del dolor...
A poco de mi llegada, pude ya comprobar la eficacia de
aquel lugar de expiación. Acababa precisamente de
fallecer cierto capitán borracho y pendenciero, y se
preparaban a embarcar en la plataforma liberadora, con
paso débil y mirada desfalleciente, dos oficiales
recién cumplidos. Para. reemplazarlos llegaron a los
pocos días cierto capitán de Administración Militar,
medio loco, pero muy listo, y con quien, por cierto,
mantuve ruidosas polémicas fiIosóficas, y tres
oficiales de diversas armas acusados de promover
escándalos y cometer intolerables excesos en cafés y
demás centros de recreo. Eran gente alegre y
dicharachera. Oyendo sus proezas se pasaban muy buenos
ratos.¡ Qué de novelescas conquistas amorosas!... !
Cuántos ingeniosos recursos para burlar la antipática
vigilancia de maridos y papás! ¡ Qué de infalibles
ardides contra la bolsa de los usureros!....Lo malo fué
que tan amenas pláticas se acabaron pronto. Una o dos
semanas después casi todos aquellos arrogantes LoveIaces
cayeron en cama con calentura.Y cuando sonó la hora de
la ansiada emancipación, arrojáronse del lecho,
resueltos a no permanecer en San Isidro ni un minuto
más. Dos de ellos fueron transportados al tren en
camilla. Recuerdo que al decirme adiós miráronme con
esa conmiseración con que el rescatado de Argel debía
contemplar al cautivo sin esperanza.
Tal fué el salubre y apacible retiro con que me
obsequió el doctor Grau, en cumplimiento de atribuciones
indiscutibles. No me quejé y no me quejo hoy. Al fin y
al cabo, alguno había de cargar con el mochuelo.
(....)
Por suerte, la patología resultaba poco variada y
difícil : viruela (que hacía estragos en los negros),
úlceras crónicas, disentería y paludismo.
Pero si el servicio profesional, aunque pesado, no
ocasionaba grandes quebraderos de cabeza, en cambio los
daba, y grandes, el saneamiento administrativo del
hospital. En San lsidro, buena parte de los empleados
estafaban al Estado, desde el jefe de la guarnición
hasta los practicantes y cocineros. Conforme era de
presumir, el Quijote que yo llevaba en el cuerpo se me
alborotó al tener noticia de tan innobles abusos, y me
lancé resuelto a la pelea, precisamente cuando mi salud
volvió a quebrantarse seriamente.
He aquí la técnica empleada por los defraudadores para
vivir parásitamente a expensas de la administración :
En dos o tres ocasiones habíanseme quejado los enfermos
sujetos a ración de gallina de la insipidez y aspecto
estropajoso de las raciones servidas. Extrañado de la
queja, me propuse averiguar a todo trance por qué las
aves de corral habían perdido de pronto su exquisito
sabor. El azar llevóme cierto día a pasear por los
alrededores del poblado, donde sorprendí un bien
repuesto gallinero, perteneciente al cocinero del
hospital. Este encuentro fué para mi un rayo de luz.
Y enlazando los hechos y olfateando las pistas, vine a
resolver al fin el problema, amén de averiguar otros
muchos abusos cometidos, con la complicidad del cocinero
y practicantes, a beneficio del jefe y oficiales de la
guarnición.
El escamoteo de las gallinas verificábase de dos
maneras. 1.. De acuerdo con el cocinero, recibían los
enfermos como buenas raciones de gallina trozos de ésta
de que se había extraído previamente el caldo, y
despojados, por tanto, de sustancia. 2.. Los practicantes
cargaban en la libreta de prescripciones y régimen,
firmada diariamente por mí, cierto número suplementario
de raciones. Merced a tan burda invención, practicantes
y oficiales comían pollo a todo pasto y aun quedaba algo
para poblar el corral del cocinero, un negrazo tan
bellaco como insolente.
La confrontación, hecha de memoria para no inspirar
recelos, de las libretas del régimen, antes y después
de ser enviadas a San Miguel por el practicante,
corroboró la realidad del abuso y me reveló además
que, apelando al socorrido procedimiento de las
adiciones, casi toda la carne, huevos. jerez y cerveza
consumidos por los oficiales y practicantes salía del
presupuesto del hospital.
Al encararme, indignado, con el cocinero y practicantes,
autores materiales de la defraudación se desarrolló la
escena consiguiente, que ellos afrontaron con
sorprendente cinismo, como quien tiene bien guardadas las
espaldas. Ante mis interrogaciones apremiantes declararon
que el chanchullo, si así podia llamarse tan venial
irregularidad, constituía régimen consuetudinario de la
enfermería ; que, gracias a su prudente tolerancia,
consiguió mi antecesor vivir en paz con los oficiales,
amén de economizar casi enteramente su sueldo; y, en
fin, que yo debía dejarme de chismes y tonterías y
allanarme a las clásicas prácticas administrativas. ¡Y
esto sucedía cuando yo, atacado nuevamente de paludismo,
para no acudir a la cocina del hospital, gastaba
parsimoniosamente mis últimos centavos y entablaba
tratos con cierto almacenista de San Miguel para pignorar
una paga atrasada!.(...)
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